¿Qué tanto importa el juego?
¿Quién se acuerda haber jugado Arranca cebollas, Ladrón librado, Mica, Peregrina china, Hule, Damas chinas, Dominó… Qué tiempos aquellos. Sean estos u otros los juegos que hoy en día practican los niños y los adultos, nos siguen brindando alegría, diversión y ese tipo de experiencias que nos ayudan a madurar.
El juego importa mucho. Tanto así que, en la actualidad, casi todas las pedagogías, recursos educativos, colegios, metodologías para aprender y enseñar, etc., les gusta usar el apellido «lúdicas», es decir, relacionadas con el juego. Pero lo importante no es quedarse en el nombre, sino realmente integrar el juego en las rutinas diarias y el tiempo libre en casa y la escuela.
En el ámbito de la educación infantil, el pedagogo Juan Carlos Negret1, introduce una interesante diferencia que nos dice que no todos los juegos lo son realmente. En su artículo diferencia entre «actividades divertidas» (que pueden ser «tareas divertidas») y juegos como tales, no porque unos sean mejores que otros, sino porque tienen propósitos diferentes.
Negret establece algunos puntos en común entre los juegos y las actividades divertidas, destacando el azar como el principal elemento diferenciador. «En los juegos nunca nadie sale derrotado, porque si uno pierde es porque “estuvo de malas” y si el otro gana es “por pura suerte”», apunta. Veamos las similitudes y diferencias mencionadas en el artículo.


Los juegos didácticos diseñados para aprender Matemática, Lenguaje o Ciencia, pueden parecerse un poco a los juegos de mesa. El principal propósito de estos últimos es la diversión.
Aunque se les diga a los niños que las clases son juegos y las tareas también, ellos no se dejan engañar, explica Negret. Saben que aquellas actividades pueden ser bonitas, entretenidas —y, algunas, un poco aburridas—, pero no son como darle a los bolos, a la pelota, jugar lotería, bingo o Serpientes y escaleras, juegos con los que ellos saben divertirse.
«El azar reparte de manera incierta e imprevista las posibilidades de ganar, el azar se anuda con la capacidad y hace siempre diversas —y por eso divertidas— cada una de las “rondas” de un juego», añade el psicopedagogo.
Cuando se utilizan juegos en el aula, el azar y la incertidumbre entran a formar parte de clase, pero ello no significa que se deje de aprender. «Lo que pasa es que se aprende sin sentir el peso de esa competición que siempre mide y clasifica, dividiendo el mundo entre los buenos y los derrotados», añade.

El juego en el desarrollo infantil
Amanda Céspedes, una reconocida neuropsiquiatra chilena, explicaba en un programa transmitido por CNN Chile2, que el juego impulsa el desarrollo de las funciones cerebrales y las enriquece. Esto causa un impacto beneficioso a nivel celular y estructural en el cerebro (https://acortar.link/gqrVAF).
«Cuando los niños juegan», explicaba Amanda, «especialmente los más pequeños, digamos, los primeros 10 años de la vida, se va incrementando la densidad de las dendritas, de la neurona.
Imaginate que es esto (levanta su mano con los dedos extendidos): acá tenemos el cuerpo neuronal (la palma de su mano), acá tenemos las dendritas (sus dedos), que son las ramificaciones, como las ramificaciones de un árbol quen van a ir a hacer contacto con otra neurona. Y tenemos el axón (señala su antebrazo), que es una fibra muy larga que va a hacer contacto a distancia.

Bueno, estas ramificaciones llamadas “dendritas” son fundamentales para hacer redes neuronales, se incrementa su densidad, crecen, se diferencian, y esto lo hacen a través del juego».
Las neuronas son células, por lo tanto, lo antes descrito ocurre a nivel celular cuando los niños juegan, ya sea solos o en conjunto con otros pequeños.

El gran olvidado
Amanda considera que el juego libre, espontáneo, ha ido quedando para los momentos de recreo casi exclusivamente. Claro, depende de la institución educativa. Ella reflexiona que, desde que el aprendizaje se consideró como la adquisición de muchos contenidos que luego el niño debe demostrar que tiene, el juego comenzó a ser relegado, con honrrosas excepciones como María Montessori.
Una docente de parvularia me comentaba, hace algún tiempo, que cuando las madres y los padres observan que sus hijos juegan mucho en el centro escolar, incluso se desmotivan de llevarlos porque consideran que «solo a jugar llegan» y que «no están aprendiendo nada».
Otra docente le comentaba a nuestra experta, Amanda Céspedes, que si pasa tanto tiempo jugando con los chicos, «¿a qué hora paso la materia?», es decir, a qué hora daría las clases.
Todas estas inquietudes revolotean en las cabezas de quienes estamos implicados en la crianza y educación de los niños, y eso es muy bueno, porque significa que estamos interesados y preocupados por su bienestar y desarrollo.
La propuesta de Amanda para darle protagonismo al juego en un sistema educativo diseñado para aprender muchos contenidos tiene dos partes: una, señala, es incorporar ciertas formas de juego al trabajo en las asignaturas escolares, es decir, poner el juego al sevicio de las matemáticas, del lenguaje, de las ciencias, «es lo que se denomina juego cognitivo», indica.

El juego debe entrar al aula siendo parte del currículo de las dos formas: como estímulo cognitivo para el aprendizaje de las asignaturas y como juego libre y espontáneo.
La otra manera, continúa explicando Amanda, es «incorporar el juego libre, el juego intenso, ojalá al aire libre, como parte del currículo», porque en ese momento en que el niño está jugando de esa forma tan intensa, están liberándose en su cerebro sustancias que alargan la vida de las neuronas, estimulan el crecimiento de las dendritas y las sinápsis y mejoran la plasticidad cerebral, esta última es la capacidad del cerebro para aprender y adaptarse.
«Cuando al niño se le permite, como parte de la actividad curricular, jugar libremente, ese niño está incrementando sus habilidades intelectuales, sus habilidades sociales, está incrementando su capacidad para regular sus emociones, tolerar la frustración, regular la ansiedad…», detalla Amanda.
Además de las dos anteriores, Amanda explica que es fundamental aumentar el tiempo destinado al recreo en los centros educativos. En Chile se tienen, más o menos, 10 horas de recreo semanales. Ejemplifica con la experiencia de la Fundación Educacional Amanda en su proyecto educativo en la región de Punitaqui (al norte de Santiago, la capital de Chile).
Hay ciertas horas de la tarde —que son horas curriculares— que se dedican a que los niños salgan del aula y lleven a cabo juegos que son juegos tradicionales estructurados, y que son dirigidos o motivados por un monitor. Ahora, los niños aprenden estos juegos, pero luego ellos los van a jugar a lo largo de la semana muchas veces.
(…) Por ejemplo, juegos que juegan los niños rurales en Punitaqui: Corre, corre la guaracha, o Corre con el pañuelo, entonces corre detrás de los niños que están sentados en círculo y al que le pone el pañuelo, ese niño se tiene que parar y correr nuevamente.
El juego a saltar a la cuerda, que es un juego extraordinariamente complejo, el juego de la Gallinita ciega, el juego del Run run, en fin, todos estos juegos tienen reglas, pero una vez que el niño aprende que, en el fondo, son estrategias, él lo va a empezar a jugar con sus amigos de manera muy espontánea y va a ir introduciendo incluso modificaciones al juego. Y eso es perfectamente válido.

El uso social y para el entretenimiento de teléfonos celulares y tabletas no debería estar permitido para niños de seis años o menos.
El uso de pantallas
Durante la entrevista de CNN Chile, la conductora preguntó a Amanda cuál era su recomendación respecto del uso social y para el entretenimiento de celulares y tabletas por los niños. La experta fue muy categórica, por lo que trasladamos sus palabras textuales.
Bueno, es una recomendación que yo vengo haciendo ya hace 15 años. En los niños hasta los seis años, las pequeñas pantallas interactivas, llámese el celular, llámese la tablet, el iPad, no deben estar en manos de los niños. Prohibido, absolutamente prohibido. Porque tienen efectos verdaderamente desastrosos sobre el desarrollo estructural y sobre el desarrollo funcional del cerebro del niño. Se podan habilidades que son fundamentales para ese momento y para el futuro.
De los seis a los 10 o 12 años, el ideal es que el celular del papá, de la mamá, de un adulto, el niño lo pueda usar un rato, por ejemplo, para ver un pequeño video de la Pepa Pic, pero no más que eso. O sea, a mi juicio, el niño no tiene que ser dueño de un celular.
Y luego de los 12 años hacia adelante ya es factible pasarle un celular, sobre todo que va a estar conectado a Internet, pero siendo muy enfático en la regulación del tiempo que le va a dedicar a celular.
Para los docentes que deseen profundizar sobre el tema, el libro El juego en la primera infancia, de Orlando Terre Camacho, del Instituto Crecer Juntos es una gran opción: https://n9.cl/7i33e
Notas: (1) Negret, J. C. (1998). ¿Todos los juegos son juegos? Colección Cuadernillos Técnicos, selección de textos. Fepade. n.º 5. San Salvador. (2) La entrevista con Amanda Céspedes se transmitió el 10 de agosto de 2024 como parte del programa Sanamente, una coproducción de CNN Chile con Fundación Rassmuss y el Grupo CAP.











